The Untitled Show por Irving Domínguez

El cuerpo sólo se configura en tanto que inquietud e irrealización, de ahí que su formulación no pueda ser otra que la de la inestabilidad

¿Dónde está el cuerpo de Héctor Falcón, ese territorio en el que se han cuestionado estándares de belleza física, resistido modificaciones cosméticas (algunas temporales, otras definitivas), comprometido la integridad misma del artista? ¿Dónde ha quedado el dolor,a el desprendimiento, la prueba de sus operaciones transgresoras? La lógica impuesta por nuestras expectativas olvida la simultaneidad de exploraciones estéticas realizadas por un artista, muy distintas de la obsesión cultural por darle continuidad, coherencia, a un proceso que desearíamos lineal y progresivo, quizá porque no resistimos la simultaneidad discursiva, el desbordamiento representacional emanado de una singularidad (mientras, pretendemos la indiferencia hacia el resto de colectivos, organizaciones, “corporaciones”, sectores industriales que saturan el horizonte visual de nuestra vida cotidiana).

Cuando el artista inició su etapa performativa hace ya una década, los métodos tradicionales de representación artística bajo los cuales se educó, la pintura y el dibujo, fueron también criticados. Es cierto, Falcón no los substituyó del todo pero cedieron terreno ante procedimientos técnicos atractivos por sus cualidades indiciales, facilitando la apropiación de retóricas propias de la publicidad y la industria de la salud, que luego dieron paso a la integración de imágenes de uso médico e incluso de materiales relacionados con los procedimientos de cirugía plástica. La necesidad de establecer una correspondencia entre cada acontecimiento y la vivencia en primera persona, articulados sobre un eje temporal muy dinámico, se impusieron sobre las necesidades formales de un medio altamente codificado como lo es la pintura.

Durante los últimos dos años Héctor se ha dedicado a la discreta recuperación del lienzo y el papel mediante un deslizamiento de lo figurativo hacia lo abstracto sin renunciar a las cualidades realistas del tema que representa: el cabello. Lo que inició como un abordaje erótico del cuerpo femenino, a través de la exaltación de una de sus cualidades físicas, propició una deconstrucción corporal objetivada en desbordamiento capilar, un flujo palpitante de reverberaciones localizadas alguna vez sobre el cráneo de una dama, ahora moduladas hasta colmar el plano de la representación.

La aparente ausencia de un cuerpo específico, el de Héctor Falcón, desde el cual se ha narrativizado su producción artística de modo apresurado, incluso superficial, es ahora ocupada por estas improbables acumulaciones de tejido, un híbrido de las mujeres representadas por el simbolismo, así como de sus derivaciones iconográficas (que alcanzan el Art Nouveau), y la Onryō japonesa: ese espíritu ávido de cobrarse el engaño por el cual su marido le quitó la vida, quien regresa al mundo para atormentarlo, arrebatándole la vida al primer infeliz que se atraviese en su camino, famosa por larga, larga cabellera negra, deslizándose por el suelo, cubriendo tus pies…

Otros cuerpos han sido aquí convocados. Libros, casi todos conteniendo relatos del ‘gran arte occidental’, diseccionados de manera concéntrica, ofreciendo ventanas a una lectura espacial desde la mirada, venganza ágrafa respecto de las historias oficiales de la pintura europea, el arte de América Latina, o incluso el arte contemporáneo. Significados desde sus cualidades volumétricas, estos libros intervenidos desnudan el peso de la tradición, reinterpretan lo establecido a partir de una operación de extracción que paradójicamente los hace transparentes, o mejor aún, transitables. Socavados en su materialidad, los libros se hacen maleables al interés escultórico, son yuxtapuestos, coordinados, a pesar de su contenido.

Ya no hay posibilidad de contradicciones, nadie podrá acusar su falta de inteligibilidad, ahora se desmantelan, son traducidos por una sustracción física al régimen de lo visual donde su desmembramiento los resignifica, los valida de nueva cuenta al descubrirnos las contradicciones de un sistema empeñado en apuntalar al régimen de la pictórico a pesar de sus contradicciones: de la Historia de la pintura, a la pintura como historia, cuento, relato pedagógico, fábula del progreso moderno.

Ciudad de México, enero del 2010.

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