Estética Unisex

Héctor Falcón

“La belleza es el don más preciado que Dios ha puesto al alcance de criatura humana alguna, visto que, por la virtud de aquélla, elevamos nuestro espíritu a la contemplación y, por medio de la contemplación, al deseo de las cosas celestiales.”

Angelo Firenzola

En nuestros tiempos, el uso del cuerpo como reflexión artística viene a ser equiparable al descubrimiento del hilo negro, pero su empleo en el siglo anterior -fuera como performance o como contenedor de experiencias- fue todo un hito cuya práctica se ha intensificado con el paso del tiempo. Yves Klein y sus body prints, Piero Manzoni firmando gente, Gilbert and George y sus esculturas vivientes, Orlan y sus cirugías, o Stelarc y su cuerpo obsoleto (que hizo uso de cybertecnologia y robótica para expandir las posibilidades corpóreas sin esperar una evolución genética) son claro ejemplo de posibilidades de trabajo sobre el cuerpo, en las que los artistas son los propios                                                                     protagonistas de sus piezas.

La búsqueda de situaciones que modifiquen la manera de percibir el mundo (como en el caso de la generación Beat), la manifestación de inconformidades sociales o sexuales (como en el caso de Bob Flannagan o Ana Mendieta), la búsqueda de identidad o la huella que deja un cuerpo sobre un soporte puede convertirse en motivo de muchas reflexiones artísticas. El intento de formar parte de la pieza misma, y de ese modo asumirse permanencia en tanto parte histórica, nos lleva a pensar que una de las búsquedas del hombre ha sido la de encontrar la inmortalidad de la juventud. Al asumir lo efímero y frágil del cuerpo en constante cambio (lo que se hace evidente en el crecimiento de vello y uñas) y la facilidad con la que puede hacérselo cambiar de estructura (ya sea de manera anabólica o catabólica) con sólo modificar los hábitos alimentarios y físicos, el artista contemporáneo ha desarrollado un sistema artístico en el que la pieza forma parte del envase contenedor del artista mismo. Es cierto que los sistemas de difusión global (iniciados por la imprenta) han sometido el cuerpo a un convencionalismo regido por un sistema de la belleza definido por la moda; esto produce figuras emblemáticas, como puede serlo Michael Jackson y su neurosis (eso, o creerle que todo fue consecuencia de una enfermedad de la piel al estilo Don Gato y su pandilla). Sin embargo, la idea general de belleza como standard de la invasión cultural nunca había alcanzado la extensión global que tiene hoy día. Así, el modelo occidental de belleza física es perseguido a toda costa, a cualquier precio, incluso por culturas a las que resulta ajeno. Un ejemplo de esta invasión: en Asia, en las tiras cómicas y los dibujos de animación japoneses, es no sólo evidente el agrandamiento de los ojos y las cabelleras de colores (radicalmente distintas a su color étnico), sino la modificación de las proporciones corpóreas para hacerlas similares a las de los modelos de pasarela (talle corto y piernas largas) como una forma de sometimiento a la idealización de los modelos occidentales. Pero ¿qué hubiera sucedido si los grupos conquistadores hubiesen manejado otro modelo de belleza? Es decir, si se hubiera tratado de gigantes obesos (como los luchadores de sumo, venerados todavía por los japoneses como tesoros vivientes) o si las malformaciones físicas hubieran sido calificadas de virtudes (tal como sucedía en otras culturas mesoamericanas antes de la invasión europea).

Hay que tener en cuenta que la visión de la belleza corporal no supone una concepción semejante a la de la evolución física sino que es el reflejo sintomático de una idea de la moda en constante cambio. Lo que en una época ha representado a la belleza un momento más tarde es desplazado como su antítesis. Así, la gimnasia era sinónimo de belleza para los griegos porque esculpía los músculos de manera natural, mientras que el maquillaje era visto como parte de una mentira: la simulación, la artificialidad, la insignificancia, la efímera ilusión. De esta forma, el cuerpo griego aspiraba a una belleza cercana a la del atleta, mientras que el cuerpo romano fue castigado con dietas y el uso desmedido de maquillaje.

En la Edad Media, el modelo de mujer aspiraba a la esbeltez, con senos pequeños, caderas estrechas, talle delgado, la zona lumbar combada y el vientre prominente. Las modificaciones en el cuerpo original son asociadas por lo general a dos pecados: la lujuria y el orgullo.

Los criterios barrocos, sobre todo franceses, del siglo XVIII exigieron un cuerpo regordete y acolchonadito (muy al estilo de los bisquets del Kentucky Fried Chicken) sobre los inaceptables músculos marcados que denotaban trabajo físico (Arnold Schwarzenneger no la haría en esa época). Además, el uso de pelucas y de artilugios invisibles modelaba la estructura del cuerpo, doblegándola a las leyes de la etiqueta y la urbanidad a fin de exaltar los puntos y zonas más importantes para la época: bustos disimulados en camisas que estrechaban el talle, caderas acentuadas (más allá de lo que el Sensacional de traileros puede ofrecer al lector, pies empequeñecidos, amaneramiento en los hombres y exageración en las mujeres: todo esto calificaba para estar in.

La idea de salud que se nos ha tratado de imponer como algo casi intrínseco a la belleza noventera no corresponde de manera alguna con la del pensamiento romántico, que pretendía un look enfermizo, valor que dotaba al sujeto de una calidad cuasi intelectual. El cuerpo de tísico sirve de contraparte al modelo burgués.

Mucho ha llamado mi atención cómo el modelo de belleza representado por los superhéroes cambia según la década. El barrigoncillo Batman (Adam West), vestido con un payasito de algodón (o terlenka) en la serie de los sesenta, nada tiene que ver con el Batman de la película de los noventa, 25 kilos más musculoso, encarnado por Michael Keaton, Val Kilmer y George Clooney, sucesivamente, en un traje de vinilo que los hacía parecer fisicoculturistas. (Eso, sin tomar en cuenta los dibujos animados en los que el Batman que aparece, alto y de espaldas amplias, debe pesar entre 120 y 130 kilos de músculo).

Más evidente ha sido el cambio que han sufrido los muñequitos de acción de Star Wars, de la marca Hasbro. También es interesante que estas figurillas no sólo representan al personaje (como en el caso de Batman) sino que reproducen la imagen de los actores que caracterizaron a Luke Skywalker (Mark Hamill), la princesa Lea (Carrie Fisher), Darth Vader (David Prawse) y Han Solo (Harrison Ford), entre otros. Pero, a pesar de que existe un parecido evidente con sus rostros y trajes (aunque dotados de características canónicas), estas reproducciones no se acercan a los actores en lo que al cuerpo atañe: ocurre que el cuerpo de las representaciones no corresponde al de los actores porque cumple con los ideales de la época. De esta forma, la figurilla de Luke del 78 parece el hijo tullido de la segunda generación de figurillas (98/99), o quizá se trate del mismo pero después de un fuerte tratamiento de anabólicos hormonales de algún primate. Sin hablar de Lea, quien, en la versión de los noventa, parece (sin intención de ofender a nadie) un travesti intergaláctico hermano de Luke pues, cuando menos, comparte su misma morfología masculina.

Mi propia perspectiva sobre la belleza me lleva a concebirla como un valor meramente cultural, aprendido, nunca intrínseco. Con esto en mente he trabajado gran parte de los proyectos artísticos en que elaboré algunas piezas a partir de mi propio cuerpo, algo que comencé a hacer allá por 1997, cuando usaba un rapado en la cabeza que sólo permitía el crecimiento del cabello en algunas zonas, al costado, para hacer evidente el dibujo de unos laureles. Conservé este rapado durante unos cinco meses aproximadamente.

Dos años después, desarrollé el proyecto “Metabolismo alterado”, durante el cual me autoadministré una gran cantidad de anabólicos esteroides (del mismo modo en que lo hacen algunos fisicoculturistas) y documenté el crecimiento muscular a lo largo de 49 días mediante las fotografías de Mauricio Alejo. Mediante este proceso transformé mi propia carcaza y pasé de ser el Oso Yogui a convertirme en un G.l. Joe. De dicho proyecto existe también una bitácora en la que apunté, día a día, toda clase de vivencias, así como la dieta y los medicamentos utilizados. También supone una serie de pinturas, videos y dibujos que, en su conjunto, pueden ser entendidos como una crítica a un sistema de belleza: la provocación que supone el uso del cuerpo como expresión artística, en reconocimiento y contraposición a métodos tribales, así como también su adecuación a un canon establecido.


De igual manera, el proyecto “Estética Unisex”, realizado con medios pictóricos y digitales, toma como base una gama de instrumentos de uso cosmético, algunos morfológicamente similares a instrumentos quirúrgicos (denominados “ce n’est pas une pipe”, en clara alusión a Magritte). Otros cuantos fueron tomados de carteles que muestran cortes de cabello en los que es representada una emulación del mapamundi pero con formas distintas a las existentes. También incluye, al estilo de un catálogo de belleza, una clasificación esencial de la conciencia, lo suficientemente banal, a partir de comparativos entre máscaras para pestañas cuya presentación y colorido las acercan a ideales meramente convencionales. Dicha serie sostiene un juego verbal con su título, pues supone un contrapunto al sistema convencional de banalización del arte y de los convencionalismos de la belleza corporal.

 

 

 

 

 

 

 

 

BELLEZA CON-TENIDA (notas acerca de la obra reciente de Héctor Falcón)

 NOTA 1:

(POR FAVOR …imaginemos una conversación anterior)

 

Cuando me refiero a que la última producción visual del artista mexicano Héctor Falcón -de hace cinco años a esta parte- aborda el concepto de Belleza, tal y como los postulados de la religión judío- cristiana (más las de raíz hebreas, que las propiamente cristianas) desarrollan en torno a un ideal del Cuerpo; lo decimos, porque Héctor habla desde sus procesos visuales* del Cuerpo, pensado éste más que nada como en un recipiente, envase, o envoltorio (¿del alma?, ¿…esa fierecilla enfermiza y patética que hoy día nutre al ser humano en su fuero interior?).

O sea: que desde su obrar plantea un re-tratamiento analítico terapéutico del CUERPO como elemento con-tenedor que de sus huellas parlotea, mediante ese otro elemento descriptivo, superficial, y fenoménico que es el DOCUMENTO-Arte.

(*) Modo en que mejor definiría la elaboración de cada una de sus series u obras seriadas, en las que por lo general emplea un abanico de medios disímiles en cada caso específico, según lo exija la realización documental e ideo-estético de las obras en sí, como lo son: la fotografía digital, el video, la pintura o la instalación.

NOTA 2 :

(…la cuestión de hallar el sentido de la lectura)

En cambio, esto no significa que por superficial y representacional, carezca de profundidad lexical o riqueza de lenguajes, el sistema mediante el cual Falcón ahonda en las profundidades traumáticas que tiene en nuestra psicología personal, o en la formación de nuestra personalidad y de nuestro propio desarrollo corporal, netamente anatómico, o a nivel de metabolismo, y procesos de crecimiento, etc., etc.; la tiranía de ese elemento claustrofóbico que es el Canon de Belleza, en Occidente. O la prolongación de esa tiranía a escala global, justamente con los procesos actuales de globalización y transculturalidad.

Es decir, el que Héctor haya escogido el Arte, y no otra rama del conocimiento o la acción humana, y su sistema mercantil reprobable o a su campus legitimador excesivamente diletante y discursivo, cada vez más alejado de su esencia social; no significa que su intención [sus pretensiones críticas y su afán reflexivo], puesta en manos -¿o debería de decir: pinzas, sistemas robotizados, o algo por el estilo?- de ese aparataje que hoy es el Arte; no sea efectivo.

¿Por qué?

Pues…, porque el artista, quizás conociendo las derivaciones manipulantes del propio sistema, ha simplificado la estructura abigarrada de enunciados del medio artístico (el discurso crítico, la teoría de la cultura, o la hermenéutica y toda su fanfarria), al designarlo -o ponerlo al uso como simple mecanismo documentador de un proceso de acciones, convertidas éstas en resultados visuales archivables.

NOTA 3:

(…donde se habla del documento, el documentador y lo documentado)

Por esta misma cuestión en la que el sentido [u: orientación] de la lectura de su obra debemos enfocarlo más hacia las esencias conceptuales por las que se motivan cada una de sus acciones, que hacia los resultados visuales en las que concluyen; es por lo que en verdad, las relaciones de Documento-Documentador-y-el-Dato Documentado, en la producción de H.F. se difuminan para darle mucha más importancia a la propia relación que a cada uno de los elementos señalados por separado.

Es decir, a pesar de Falcón operar desde los, tan de moda, aparatos legitimadores de la Fotografía, la cual como medio artístico esta siendo constantemente revalorizado como máquina de significados dúctiles, cuestionados como elementos relevantes de verisimilitud; en su obra, el uso de la Fotografía, e incluso, el retoque digitalizado de su terminación, al incluirle textos, o ajustes cromáticos, o al ficcionar sobre los resultados factuales de la imagen en sí con alteraciones jocosas, el proceso, el concepto, la pregunta, vuelve a tomar mayor importancia simbólica en conjunto de ideas por los cuales Héctor deambuló para llegar a este retruécano de imágenes, que la Imagen como tal.

Quizás, empleando la Fotografía o el Video, porque son precisamente aquellos mecanismos ideo-estéticos más cargados de legitimidad documental del siglo XX en lo adelante (por su carácter testimonial, que en el uso de los mismo, los medios masivos de información han impuesto como verdad) y porque además ellos mismos en sí, son el resultado de una simple traspolación de una puesta en escena seleccionada como paréntesis temporal de un presente histórico paralizado en el tiempo, reiterativa, obsesiva, y neurótica.

NOTA 4:

(…donde se habla del consumo como proceso)

De este modo, en el quehacer de Héctor Falcón el proceso pasa a ser discurso en sí mismo de la obra, para desgajar desde su óptica personal aquellas problemáticas de la hipocresía social que están latentes en torno a la tiranía de la Belleza como Dogma de la vida civil, civilizada de nuestro tiempo.

Una tiranía que ha ocasionado nuevas patologías en el individuo contemporáneo, sobre todo psicosomáticas; como lo son: el Stress, la Bulimia y la Anorexia. O las nuevas drogodependencias de los esteroides, los complejos poli-vitamínicos, los complejos alimenticios, o a la propia gimnasia mecanizada.

Hablamos aquí de la serie: Metabolismo Alterado, 2000, una obra desplegada en:

“Fotografías, diagramas, un video y diversas cartografías [que muestran] el desarrollo físico al que se sometió el mismo artista. Más de un mes de ejercicios, dieta especial y esteroides moldearon su cuerpo el cual fue objeto de escrutinio bajo la lente de Falcón (…) [quien] retrata sin complejos el proceso traumático para poder pertenecer a una sociedad entregada al placer de la visibilidad pura.”

Como bien nos explica, descriptivamente, la crítica Luz María Sepúlveda, en una reseña publicada en la Revista Digital www.replica21.com, refiriéndose a la exhibición de estas piezas, por parte de Héctor en el MUCA de México, DF, en año 2001.

Una cartografía fotográfica ésta, del proceso de adelgazamiento y musculación de su cuerpo, donde el artista nos regala NO un documento del martirio del fisiculturista modélico; sino: una exhibicionista streep-tease de las ilusiones que alrededor del canon, ritualizamos como maniático y obsesivo sistema de vida.

Un camino de investigación de matriz teatralizadora, humorística o desenajenada- y-desenajenante, que el creador igualmente aborda en su contrastante serie: Registros Vitales, 2001-2002.

Obras donde el ritual mismo del “cuidado y la alteración del cuerpo” es puesto en jaque, ahora por el propio uso del medio fotográfico, como status legalizador de su autenticidad lúdica; o por el mero cuestionamiento de dónde radica como tal el paradigmático Canon que lo-con-tienen como cualidad de Lo Bello.

NOTA 5:

(…donde se habla de la tradición y la continuación del proceso)

Piezas que bien nos recuerdan el camino avanzado en este sentido donde el Cuerpo ocupa un lugar discursivo, que lo

enuncia como huella, envase o recipiente, esa idea inicial de la que hemos partido, por artistas como Ana Mendieta, y sus tempranas obras de Camuflajes Masculinos-Femeninos, o Marina Abramovic, [esa Maestra Mayor del Body- Art] y sus acciones performáticas de los años 70 ́s.

A mi memoria viene por ejemplo de un modo concreto de la Abramovic: El arte debe ser bello, la artista debe ser bella (1975) performances en la que la artista se va peinando in crescendo con las dos manos, un cepillo de metal en una y un peine de metal en otra; mientras repite la frase que da título a la acción, la cual culmina violentamente por la aceleración de su puesta en escena, tras una hora de duración, dañándose en la frente y la cara con sus gestos de “búsqueda esteticista, o marcada intención hedónica”.

Pienso igualmente, en la universal Orlan, y sus infinitas cirugías estéticas en búsqueda de un desbloqueo del canon occidental de belleza, en homenaje tácito a la pluralidad y al multiculturalismo periférico. O en la expresionista y grandilocuente Jenny Saville, y sus trazados planes quirúrgicos de reducción de estómago o lipusucciones varias, en contra de su bellísima y rubensteniana gordura anglosajona. O más recientemente, el trabajo del artista chino con residencia en Nueva York: Shang Huan, y su manera de llevar al límite los estados del dolor, como metáfora del diario acontecer del ciudadano del mundo contemporáneo.

Un camino que Héctor Falcón revitaliza y le da sentido de continuidad y seguimiento, porque incorpora cierta dosis de humor, coqueteo, desenfreno e ironía, evidentemente melodramático y trágico-cómico; aeste legado de referencias reflexivas desde el Arte hacia el Cuerpo, el cual se ha convertido -con el paso de casi treinta años- en uno de los más investigados senderos artísticos posteriores a la Vanguardia.

NOTA 6:

(… donde se dice de otros derroteros del yo al otro, y viceversa…)

Por otro lado, Falcón viene desarrollando desde hace cerca de cinco años una   línea  de investigación que gira alrededor del consumo de la cosmetología como sistema de enmascaramiento de ese estigma canónico, el cual hace que nos olvidemos que esa Belleza física, fenoménica y superflua que se nos presenta en modo de Modas Efímeras y Tribales, ultraurbanas y super-industrializadas o globalizadas, es simplemente: EL ENVOLTORIO, o sea, el CON-TENEDOR de la verdadera Belleza.

En este caso específico, nos hallamos ante una serie de obras realizadas desde la Pintura.

Una pintura obviamente neo-pop, cartelística, plana, más cínica que irónica, más sutil que brutal, más ligera que reflexiva, más simbólica que teatral; donde el artista semeja estar siguiendo los pasos del archiconocido Super-Flat Pop Japonés donde sobresalen creadores como el multifacético Takashi Murakami o el siempre ácido Yoshimoto Nara.

País donde, dicho sea de paso, Héctor ha vivido varios años alternando con su natal México; contextos que además han influenciado grandemente en su obra, al condicionarla a la dicotomía y el albur, o a la sutileza del sacrificio y la elegancia poética.

Obras donde se entrecruzan como diálogo a tres voces que se completan sus preocupaciones sobre el Cuerpo, la problemática del consumo y la construcción de una “Estética Unisex”* [andrógena y vacua en sí mismo, anodina por decreto, y uniformada por ley], y el estadio de inestabilidad -como diría Severo Sarduy- en el que hoy día se haya el individuo contemporáneo, ante la presión omnipresente y aplastante del reino de lo ligth que nos margina y enlata como si nosotros mismos fuésemos mercancías canjeables por capital fijo = dinero. ¿O es que acaso, no lo somos?

(*) Título de la serie de Pinturas realizadas entre 1999-2002.

NOTA 7:

(… donde se habla del envoltorio y de su claustrofóbico redil)

En esta dirección, Falcón en sus últimas obras, ha renunciado a ser objeto mismo de sus documentaciones, en sus típicos autorretratos, para desdoblarse en el otro desde una perspectiva singular; al poner al otro tal cual él mismo se haya, encadenado a su entorno, fijo a sus estrechos rediles que el espacio civil urbanizado de la vida post-industrial nos impone como guarida accional de nuestro acontecer.

Me acercó aquí a dos series en realizadas en Japón: Unity y Compressor (2002-2003), en ambas, el sujeto aparece atado, consternado por el objeto, ya sea la cadena de piercing, o el metálico marco de las puertas del metro de Tokio; en ellas, el sujeto no existe sino como clon de su propia atadura, más que sujeto: subjetividad atada, homogénea, uniformada en su propia inmediatez maquinal, borradora, enajenante.

Todas, procesos vitales que Héctor Falcón ha padecido, estudiado y re- interpretado, documentándolos como pre-texto para interactuar en nuestras mentes como dispositivos de la duda.

Una duda que siempre nos hará escamotear -a estas alturas del siglo XXI-, cualquier certeza relacionada con cómo está condicionado nuestro presente al encadenamiento a un Canon X [ = cualquiera, inexistente, manipulable, loable, manoseable, ficticio], o a nuestra renovada visión de… ¿La Belleza?

Omar-Pascual Castillo

Agosto-Septiembre de 2003. Granada, España.